El poder de las emociones

Hoy estoy un poquito melancólica, nostálgica quizás, neutral…no sé exactamente como estoy. Sé que no estoy eufórica, ni con rabia, ni con miedo, tampoco me siento sola, ni triste…ni arriba ni abajo. No hay ninguna emoción ahora mismo que predomine. Si alguien me preguntara ahora mismo como estoy yo diría que ni fu ni fa.

No siempre es fácil identificar a una emoción. Estamos acostumbrados a las emociones intensas, a las que nos embarga como la tristeza, la rabia, el miedo, la angustia, la alegría, la euforia… A veces son tan intensas y poderosas que nos secuestran, que nos poseen hasta el punto de hacernos perder los papeles o permanecer en un estado anímico que no nos beneficia.

¿Por qué nos pasa eso? Porque no sabemos gestionar las emociones. No sabemos usarla a nuestro favor. Todas las emociones tienen su función y nos está diciendo algo cuando ella surge.

No hay que reprimir nunca lo que una siente. Hay que expresar la emoción y dejar que ella te indique que hacer en cada momento. Hay que expresarla, vivirla, sentirla pero no quedar en ella eternamente. La vida es una aventura constante, no hay nada seguro ni definitivo. Ni la alegría dura mucho pero tampoco la tristeza. Todo tiene su momento y la vida está ocurriendo hoy. Aceptar la inestabilidad es cuando más estabilidad emocional te da.

Dicen que tenemos 3 estados mentales: el estado de víctima, de avestruz y de guerrero. Pasamos por los 3 estados. Las emociones te ayudan a entrar en el estado guerrero. Este estado mental que te ayuda a lograr tus objetivos y a superar los baches del camino.

Quiero compartir una reflexión de Jeff  Foster, un autor inglés, que se titula

CÓMO ME CONVERTÍ EN GUERRERO

Alguna vez hui del miedo. Y entonces el miedo me controlaba. Hasta que aprendí a sostener el miedo como a un recién nacido. A escucharlo, pero no a rendirme. A honrarlo, pero no a adorarlo. El miedo no pudo detenerme más. Caminé con coraje en la tormenta. Aún siento miedo, pero ya no me posee.

Alguna vez, sentí vergüenza por ser quien era e invité a la vergüenza a habitar mi corazón. Le permití arder, y ella me dijo: — “Solo estoy tratando de proteger tu vulnerabilidad”. Agradecí a la vergüenza con cariño, y puse los pies sobre la senda de la vida nuevamente. Desvergonzado, más bien con la vergüenza como un amante.

Alguna vez, tuve una gran tristeza enterrada en lo profundo de mí. La invité a salir y jugar. Lloré océanos. Mis conductos lagrimales se secaron y allí encontré gran dicha, Justo en el centro de mi aflicción. Fue el hecho de que se me rompiera el corazón lo que me enseñó cómo amar.

 

Alguna vez, tuve ansiedad, una mente que no paraba. Pensamientos que no se silenciaban. Entonces dejé de intentar silenciarlos y me salí de la mente y me volví a la Tierra, al barro, donde me sostenía fuertemente como un árbol, firme, seguro.

Alguna vez, la rabia ardió en las profundidades y llamé a la rabia para que salga a la luz. Sentí su poder estremecedor, sentí mi corazón latir con fuerza y hervir mi sangre. Y finalmente lo escuché. Y grité: “¡Respétate a ti mismo con todas tus fuerzas ahora!” “¡Di tu verdad con pasión!” “¡Di no cuando quieres decir no!” “¡Camina tu camino con coraje!” “¡No permitas que nadie hable por ti!” La rabia se transformó en una honesta amiga, una guía en quien confiar,  en un hermoso niño salvaje.

Alguna vez, la soledad caló hondo. Intenté distraerme y anestesiarme. Buscaba gente, lugares, cosas…Incluso aparenté ser “feliz”. Pero pronto tuve que dejar de huir. Y caí en el corazón de la soledad. Y morí y nací de nuevo. En una exquisita soledad y calma que me conectó con todas las cosas. Entonces ya no estuve más desolado, sino solo, con Toda La Vida. Mi corazón se convirtió en Uno con todos los otros corazones.

Alguna vez, hui de los sentimientos difíciles. Ahora, ellos son mis consejeros, mis confidentes, mis amigos y todos tienen su hogar en mí, y todos pertenecen, y todos tienen dignidad. Soy sensible, suave, frági. Mis brazos acurrucan mis niños internos. Y en mi sensibilidad, se encuentra mi poder. En mi fragilidad, mi firme Presencia. En las profundidades de mis heridas. En aquello que yo había llamado “oscuridad”, encontré una Luz cegadora que ahora me guía en la batalla. Me convertí en un guerrero cuando me giré hacia mí mismo y empecé a escuchar.

Espero que te haya gustado y sobre todo que te ayude a ver a las emociones que no nos agradan como aliadas.

Hasta el próxima semana.

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